Como cada tarde, el cura del Colegio Católico
La Sangre De Cristo, subía a la torre de la iglesia para ver como jugaban los
niños en el patio. Se deleitaba desde lo alto al pensar en la formación que les
estaban dando a esos futuros hombres, futuros jefes de hogar, hombres
responsables y llenos de valores cristianos, valores validados por la sociedad. Iba
subiendo como siempre las escaleras, sabiendo que nada extraño podría pasar
aquella tarde, ya que la rutina le confería un grado importante de certeza
hacia lo cotidiano, hacia lo inmutable, hacia la repetición incansable pero
satisfactoria de los sucesos.
Al llegar a lo alto de la torre comienza a
caminar hacia su lugar preferido de observación, junto a una antigua y cómoda
silla mecedora; sin embargo su caminar se interrumpe al romperse el piso de
madera sobre el cual caminaba, cayendo a un pequeño balcón abandonado. Con la caída
pierde el conocimiento por unos minutos, nadie escucha la caída, ni Dios la
escucha, y queda por unos minutos sumergido en la nada. Al despertar, entra la
desesperación, había caído sobre alambres de púas muy agudos, y todo su cuerpo
estaba clavado al piso, por lo que parecían ser agujas y alfileres. Los alfileres y agujas eran extrañamente grandes, ya que penetraban y
atravesaban las extremidades, brazos y piernas firmemente unidas al piso, lo cual indicaba que aquellos elementos habían sido clavados en su cuerpo en esos
minutos de inconsciencia, y que la caída no había sido accidental, sino que
alguien había planeado la trampa, o más bien el crimen.
El cura comienza lentamente a sacar los alfileres y agujas de su cuerpo, sintiendo un dolor indescriptible, pero luchando
por vivir, para intentar escapar de quien tanto daño desea para su vida. La
tarea no es fácil, desprende la primera mano y una gran cantidad de sangre
corre por su piel. Se vio como Cristo en el madero, brazos y piernas clavados,
por agujas y alfileres de tamaño desproporcionado. Con su primera mano liberada
fue liberando más fácilmente el resto de su cuerpo, hasta que logra
incorporarse, entre sudor, lagrimas y sangre, pero dispuesto a emprender la
carrera para arrancar de su verdugo.
Cuando se levanta ve dos pequeñas ventanas
por las que apenas podría pasar su cuerpo. La ventana más cercana daba a una
habitación desconocida, que asemejaba a una sala de una casa común y un tanto
humilde, con un sofá, una mesa de comedor, cuadros sencillos, una estufa a leña, y más
muebles que completaban la sala. La segunda ventana, extrañamente, daba hacia su propio cuarto, siendo que él sabía que en ese lugar no se encontraba su habitación,
sin embargo ahí estaba, con su pequeña cama, sus cortinas lúgubres y su velador
que contenía una antigua lámpara, su Biblia y un rosario. En ese instante
decide ver hacia el patio donde los niños jugaban, y varios niños lo ven en ese
estado, ensangrentado, por lo que se alarman y en su desesperación tres de
ellos comienzan a trepar la torre para ir a auxiliar al cura herido. El cura
los observa pero sin observarlos, porque su pensamiento no logra comprender la
extrañeza de todo lo sucedido. Está en esas cavilaciones que lo mantienen
paralizado, cuando ve a través de la primera ventana, pero sin distinguir bien, a quien tanto daño le
estaba causando. Se movía con furia en la habitación, pero daba la impresión de que
válido era su actuar. De pronto por los gritos de los niños gira su cabeza, y al dar la vuelta, ve que uno de ellos ya venía llegando a la baranda del balcón, pero al pensar que ellos sólo
podían interrumpir su escape, lo mira con una indolencia infinita, agarra sus manos y lo deja caer, sin importarle su destino. Los otros dos niños llegan al balcón y por un momento
retienen al Santo Padre, pero éste siente que se acerca su enemigo, y
violentamente aleja a los niños de su cuerpo con golpes descontrolados. Se
incorpora agitado y débil, pero dispuesto a dar su último esfuerzo para lograr
sobrevivir.
Comienza su carrera y tiene sólo una
escapatoria, entrar a su cuarto, o a la extraña réplica de su cuarto, que era
lo único que le daba cierta tranquilidad y seguridad en ese instante. Abre las
pequeñas ventanas, sube con dificultad y se deja caer sobre su cama, sobre la
cual tantos pecados había confesado a su Dios Padre. No tiene mucho tiempo de descanso,
porque se acercaba a paso acelerado su asesino. En su cuarto había otra pequeña
ventana, por lo que la abre apresuradamente para seguir su escape, sin antes
rezar una parte del Padre Nuestro. Al comenzar a pasar hacia la nueva habitación, nota que hay muchos elementos femeninos, lo que lo perturba, ya que en aquel
colegio e iglesia sólo habían hombres. Todo se vuelve más confuso al ver que en
aquel cuarto había otra pequeña ventana, la cual no duda en abrir para seguir
su carrera, como si fuera por un laberinto sin fin de habitaciones y pequeñas
ventanas. Al entrar al siguiente cuarto vio imágenes proyectadas en las
paredes, proyecciones de viajes, de playas, de descanso. Había igual proyecciones
de luchas, de cansancio, de abusos, de violaciones, de acosos, de insultos. El
cura entró en pánico, su corazón se aceleró, se le cortaba la respiración, pero
logró relajarse al ver otra pequeña ventana. Con las
pocas fuerzas que le quedan abre la ventana y pasa hacia la siguiente
habitación. Esta está llena de juguetes de niña, muñecas, osos de peluche, e “inocentes”
juguetes domésticos, como planchas, lavadoras, escobas, licuadoras, y los
infaltables bebes, que preparan a las niñas desde pequeñas hacia su “indiscutible”
labor de madres. El cura siente que ya no puede más, pero abre la última
ventana y cae para su sorpresa, en la sala que se veía desde el balcón, y para
más sorpresa, su perseguidor, una mujer, quien no se había movido de la sala en
el trayecto de la presunta persecución.
Todo estaba más claro, él, ya inmóvil, por el
cansancio y la pérdida de sangre, comprende que es su fin. Comprende que en él se
depositaban las culpas de todos los hombres, y que en ella se depositaban los sueños de libertad de todas las mujeres… En eso estaba cuando una última idea surge por su
mente, la de no ser humillado por una mujer, ya que él, como hombre, era el legítimo
representante de Dios en La Tierra. Con sus últimas fuerzas, empuja fuertemente
el sofá hacia la mujer, quien se abalanzaba sobre él con una
escoba descomunalmente grande, esa que por siglos le han injertado a fuerza a “brujas”
y mujeres, como si fuera parte de ellas. Esquiva el sofá, y antes de llegar a él
lanza la pesada escoba y grita, ¡así te quería ver capataz! La escoba da de
lleno sobre la cabeza del cura, quien muere en su soberbia masculina, y así como nació, con su pene entre las piernas...
Horacio Andrés Roa Burgos, 17 de abril de 2015
Horacio Andrés Roa Burgos, 17 de abril de 2015
