viernes, 17 de abril de 2015

La Torre

Como cada tarde, el cura del Colegio Católico La Sangre De Cristo, subía a la torre de la iglesia para ver como jugaban los niños en el patio. Se deleitaba desde lo alto al pensar en la formación que les estaban dando a esos futuros hombres, futuros jefes de hogar, hombres responsables y llenos de valores cristianos, valores validados por la sociedad. Iba subiendo como siempre las escaleras, sabiendo que nada extraño podría pasar aquella tarde, ya que la rutina le confería un grado importante de certeza hacia lo cotidiano, hacia lo inmutable, hacia la repetición incansable pero satisfactoria de los sucesos.

Al llegar a lo alto de la torre comienza a caminar hacia su lugar preferido de observación, junto a una antigua y cómoda silla mecedora; sin embargo su caminar se interrumpe al romperse el piso de madera sobre el cual caminaba, cayendo a un pequeño balcón abandonado. Con la caída pierde el conocimiento por unos minutos, nadie escucha la caída, ni Dios la escucha, y queda por unos minutos sumergido en la nada. Al despertar, entra la desesperación, había caído sobre alambres de púas muy agudos, y todo su cuerpo estaba clavado al piso, por lo que parecían ser agujas y alfileres. Los alfileres y agujas eran extrañamente grandes, ya que penetraban y atravesaban las extremidades, brazos y piernas firmemente unidas al piso, lo cual indicaba que aquellos elementos habían sido clavados en su cuerpo en esos minutos de inconsciencia, y que la caída no había sido accidental, sino que alguien había planeado la trampa, o más bien el crimen.

El cura comienza lentamente a sacar los alfileres y agujas de su cuerpo, sintiendo un dolor indescriptible, pero luchando por vivir, para intentar escapar de quien tanto daño desea para su vida. La tarea no es fácil, desprende la primera mano y una gran cantidad de sangre corre por su piel. Se vio como Cristo en el madero, brazos y piernas clavados, por agujas y alfileres de tamaño desproporcionado. Con su primera mano liberada fue liberando más fácilmente el resto de su cuerpo, hasta que logra incorporarse, entre sudor, lagrimas y sangre, pero dispuesto a emprender la carrera para arrancar de su verdugo.

Cuando se levanta ve dos pequeñas ventanas por las que apenas podría pasar su cuerpo. La ventana más cercana daba a una habitación desconocida, que asemejaba a una sala de una casa común y un tanto humilde, con un sofá, una mesa de comedor, cuadros sencillos, una estufa a leña, y más muebles que completaban la sala. La segunda ventana, extrañamente, daba hacia su propio cuarto, siendo que él sabía que en ese lugar no se encontraba su habitación, sin embargo ahí estaba, con su pequeña cama, sus cortinas lúgubres y su velador que contenía una antigua lámpara, su Biblia y un rosario. En ese instante decide ver hacia el patio donde los niños jugaban, y varios niños lo ven en ese estado, ensangrentado, por lo que se alarman y en su desesperación tres de ellos comienzan a trepar la torre para ir a auxiliar al cura herido. El cura los observa pero sin observarlos, porque su pensamiento no logra comprender la extrañeza de todo lo sucedido. Está en esas cavilaciones que lo mantienen paralizado, cuando ve a través de la primera ventana, pero sin distinguir bien, a quien tanto daño le estaba causando. Se movía con furia en la habitación, pero daba la impresión de que válido era su actuar. De pronto por los gritos de los niños gira su cabeza, y al dar la vuelta, ve que uno de ellos ya venía llegando a la baranda del balcón, pero al pensar que ellos sólo podían interrumpir su escape, lo mira con una indolencia infinita, agarra sus manos y lo deja caer, sin importarle su destino. Los otros dos niños llegan al balcón y por un momento retienen al Santo Padre, pero éste siente que se acerca su enemigo, y violentamente aleja a los niños de su cuerpo con golpes descontrolados. Se incorpora agitado y débil, pero dispuesto a dar su último esfuerzo para lograr sobrevivir.

Comienza su carrera y tiene sólo una escapatoria, entrar a su cuarto, o a la extraña réplica de su cuarto, que era lo único que le daba cierta tranquilidad y seguridad en ese instante. Abre las pequeñas ventanas, sube con dificultad y se deja caer sobre su cama, sobre la cual tantos pecados había confesado a su Dios Padre. No tiene mucho tiempo de descanso, porque se acercaba a paso acelerado su asesino. En su cuarto había otra pequeña ventana, por lo que la abre apresuradamente para seguir su escape, sin antes rezar una parte del Padre Nuestro. Al comenzar a pasar hacia la nueva habitación, nota que hay muchos elementos femeninos, lo que lo perturba, ya que en aquel colegio e iglesia sólo habían hombres. Todo se vuelve más confuso al ver que en aquel cuarto había otra pequeña ventana, la cual no duda en abrir para seguir su carrera, como si fuera por un laberinto sin fin de habitaciones y pequeñas ventanas. Al entrar al siguiente cuarto vio imágenes proyectadas en las paredes, proyecciones de viajes, de playas, de descanso. Había igual proyecciones de luchas, de cansancio, de abusos, de violaciones, de acosos, de insultos. El cura entró en pánico, su corazón se aceleró, se le cortaba la respiración, pero logró relajarse al ver otra pequeña ventana. Con las pocas fuerzas que le quedan abre la ventana y pasa hacia la siguiente habitación. Esta está llena de juguetes de niña, muñecas, osos de peluche, e “inocentes” juguetes domésticos, como planchas, lavadoras, escobas, licuadoras, y los infaltables bebes, que preparan a las niñas desde pequeñas hacia su “indiscutible” labor de madres. El cura siente que ya no puede más, pero abre la última ventana y cae para su sorpresa, en la sala que se veía desde el balcón, y para más sorpresa, su perseguidor, una mujer, quien no se había movido de la sala en el trayecto de la presunta persecución.


Todo estaba más claro, él, ya inmóvil, por el cansancio y la pérdida de sangre, comprende que es su fin. Comprende que en él se depositaban las culpas de todos los hombres, y que en ella se depositaban los sueños de libertad de todas las mujeres… En eso estaba cuando una última idea surge por su mente, la de no ser humillado por una mujer, ya que él, como hombre, era el legítimo representante de Dios en La Tierra. Con sus últimas fuerzas, empuja fuertemente el sofá hacia la mujer, quien se abalanzaba sobre él con una escoba descomunalmente grande, esa que por siglos le han injertado a fuerza a “brujas” y mujeres, como si fuera parte de ellas. Esquiva el sofá, y antes de llegar a él lanza la pesada escoba y grita, ¡así te quería ver capataz! La escoba da de lleno sobre la cabeza del cura, quien muere en su soberbia masculina, y así como nació, con su pene entre las piernas...  


Horacio Andrés Roa Burgos, 17 de abril de 2015

domingo, 7 de diciembre de 2014

Los granos.



La luna de esa noche de diciembre se veía especialmente grande, de un amarillo bello, ese que tienen algunas fotos antiguas, las que siempre son vistas con visitas, y en especial cuando una nueva amiga o polola llega a la casa. No duró gran tiempo con ese tamaño y color, ya que apenas estuvo un poco más arriba en el cielo, volvió a ser tan normal como siempre, o tan hermosa como siempre, sólo que amamos más esas variaciones de las cosas, cuando la belleza está en todo momento ante nuestro ojos en eso que llamamos “normal”.

Esa noche iba viajando hacia Villarrica con mis padres, después de pasar un día en celebración con la familia en Loncoche. Algo extraño fui notando en mí, unos granos deformes comenzaron a aparecer en mis manos, como si una transformación inminente estuviera por suceder. Algo de sudor frío brotó por mis manos, en una mezcla de miedo y ansiedad ante lo desconocido. Al llegar a la casa sólo atiné a subir hacia mi cuarto y me encerré sin dar explicaciones. Bueno, en realidad mentí, dije que tenía taquicardia y necesitaba descansar, algo que con frecuencia me ocurría sin motivo aparente, sólo que esta vez eran los granos de mis manos los que me motivaban a encerrarme en mi cuarto.

Me costó quedarme dormido, más que de costumbre, porque sentía que esos granos del demonio tenían vida propia, y querían escapar de mí. Al principio sólo eran granos como los de una alergia, luego fueron creciendo y en un momento comenzaron a latir cada uno a su ritmo. La mano izquierda tenía 11 de esos granos, y la derecha 14, cada uno con un ritmo distinto, de un color rojo vivo los de la izquierda, y más morados los de la derecha. Ahí ya me asusté, y con el pánico que me dio comenzaron taquicardias reales, pero no quería molestar a mis viejos, y despertarlos por tan absurdos síntomas. Lo que siguió luego fue raro, no sé de qué otra forma expresarlo, fue raro. Un loco sueño me comenzó, por lo que pensé que ese era mi fin y amanecería muerto. Bueno, yo no amanecería, pero los que amanecerían en mi casa me encontrarían muerto. Intenté resistir a ese loco sueño maldito, intentando mantener los ojos abiertos, pero nada, después de unos minutos, y sintiendo el latir de los 25 granos de mis manos me dormí.

Al dormir me di cuenta que no había muerto, y aunque el dormir es como una especie de muerte, me sentí vivo en los sueños que tuve, ya que tuve pesadillas con mis granos. Soñé que cada grano se convertía en un perro, y peleaban entre ellos hasta que sólo uno sobrevivía y me comía. También soñé que cada grano se convertía en un político honrado (bueno, eso sólo pasa en los sueños), y que condenaban a una vida con el sueldo mínimo a todos los políticos corruptos. Luego tuve otra pesadilla, pero olvidé sus detalles, sólo recuerdo que los granos controlaban mis manos, y tomaban un cuchillo con el que cruelmente me degollaban. Con eso desperté como a las 5 de la mañana, agitado y todo sudado. Me veo las manos y los granos siguen ahí, latiendo, sólo que un poco más grandes. La somnolencia continua y me duermo como noqueado.


Despierto cerca de las 11, ya casi medio día, mis padres ya no estaban porque tenían un compromiso por un campo. Miro mis manos y no creerán lo que veo en ellas, habían brotado 11 frutillas en mi mano izquierda y 14 arándanos en la derecha. Le tomo unas fotos a mis manos para el facebook, cosecho mis frutas y me las como en el desayuno con yogurt, mientras me río de tan ridícula experiencia vivida. 

viernes, 14 de diciembre de 2012

Fueron mis piernas las que me llevaron...

Hoy me sedujo, caí en sus redes, pequé, forniqué con ella. 
Sólo había salido a comprar mi pasaje para el fin de semana, pero mi cuerpo se separo de mi mente, y mis piernas fueron controladas por un ser despiadado que me llevó a donde no quería ir, o tal vez si quería, la verdad no lo sé, o lo sé pero no lo quiero asumir. Intenté controlar el impulso, el deseo a flor de piel, esas ganas incontrolables por el placer, por la cópula inminente, por la voracidad del deseo, de la pasión desenfrenada. Mis piernas me llevaron, mi mente no quería, pero entré, la acaricié, la desnudé, le hice el amor, y salí con una sensación de bienestar y arrepentimiento, pero ya lo había hecho. Fueron mis piernas las que me llevaron, ellas fueron, aunque pienso que siempre lo deseé. 
Maldita despiadada, pero ahora disfrutaré del fruto de mi pecado, y comenzaré a leer "Un Mundo Feliz" de Aldous Huxley.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Cerdos y "cerdos"


Por estos días se ha hecho tan evidente el hedor de los “cerdos”.




Freirina, pequeña comuna con tan sólo 6000 habitantes. Pequeña y abandonada, pequeña y humillada, pequeña y gigante en su lucha desigual. Nunca antes había escuchado el nombre de Freirina, y me hubiese gustado escuchar de ella por sus lugares, por su gente, por sus trabajos, por su desierto florido, por sus reservas naturales, por tantas otras cosas bellas. Pero sales a la luz (oscuridad) por los cerdos, por su abundante pestilencia, por AGROSUPER y su indolencia, por tu sufrimiento, por el vómito de tus niños, por la humillación de tus ancianos.


No hace mucho leí un libro que retrata en gran medida lo que estás viviendo, “Rebelión en la Granja” de George Orwell. Se hace alusión directa a la tiranía, al gobierno de los “cerdos”, esos “cerdos” ambiciosos de poder, de comodidad, de opulencia, todo a costa de la opresión y el sufrimiento del pueblo, un pueblo que sirve como esclavo a los intereses de los “cerdos”. También están los “perros” que hacen cumplir las ordenes de los “cerdos”, que están dispuestos a maltratar, y hasta dar muerte a los que se interponen en el camino de los “cerdos”. Tantos “cerdos y perros” que van contra ti Freirina. Gobierno, AGROSUPER, Matthei, Mañalich, Carabineros (perros ignorantes), y una lista interminable de “cerdos” que tienen interés en que los cerdos no se vayan de Freirina, que tienen pensado crear la planta faenadora más grande de Sudamérica, con más de 500 mil cerdos, cerdos reales, cerdos que igual son víctimas de los “cerdos”.


Mientras escribo, escucho el disco “Animals” de Pink Floyd, inspirado en la obra de Orwell. Escucho el tema “Sheep” en este momento, pero sé que ustedes, pueblo de Freirina, no serán simples ovejas, no se someterán a los “cerdos”, no se intimidarán con los “perros sanguinarios” y sus bombas lacrimógenas. No se dejarán pisotear por una ministra del trabajo que los culpa por la cesantía que vendrá, que prefiere que vivan en el hedor de los cerdos y de los “cerdos”, que ve la dignidad de ustedes como algo sin importancia, que sólo busca que las grandes empresas sigan creciendo a costa del sufrimiento de ustedes.


Freirina, son la fuerza, son las ovejas que se rebelan, que luchan contra cerdos y “cerdos”, y miren hacía el futuro con la frente en alto, sabiendo que su dignidad como personas vale más, sabiendo que sus hijos son más importantes, sabiendo que han luchado contra una bestia espantosa, más hedionda que todos los cerdos de AGROSUPER, pero a la que sin duda podrán vencer.


"Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en la cara de los cerdos. Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro" - George Orwell.


Horacio Roa - 12-12-12